La experiencia filosófica

La experiencia filosófica

Se entiende por experiencia un modo de conocimiento que se basa en la percepción.

Si bien es cierto que los sentidos nos pueden engañar también nos facilitan un mejor y más amplio conocimiento de la realidad. No cabe duda de que la experiencia empírica es la aprehensión sensible de un objeto de la experiencia. La inteligencia es sentiente como ya escribió en su trilogía sobre la noología Xavier Zubiri. Y es algo que no debe ser olvidado en el ámbito del conocimiento filosófico y tampoco en la teoría del conocimiento.

Otro elemento crucial en la forma de investigar en filosofía es tener muy presente la significación del campo práctico. La praxis, por ejemplo, en la ética es esencial para analizar y juzgar los dilemas y conflictos éticos de todo tipo que surgen en el transcurrir de las experiencias humanas.

La verificación y contrastación de los juicios con la realidad empírica es otra forma de adquisición de conocimientos que se fundamenta en el valor incontestable de la experiencia. No existe únicamente la experiencia externa, puesto que también es definible la interna.

Aunque, generalmente, al analizar lo que es lo empírico o lo experiencial parece inevitable la insistencia en lo que es observable o experimentable por los cincos sentidos. Indudablemente, la experiencia interna es la propia de cada persona y es algo interiorizado por el propio sujeto. Es algo subjetivo de cada individuo con sus matices específicos que pueden ser positivos o que implican un factor de resiliencia o fortaleza.

Existen numerosas maneras de entender la experiencia desde una perspectiva puramente filosófica. Una de ellas es entender que la experiencia se plasma en una conciencia que está sometida a algo que se ofrece a ella con presencia intelectual inmediata.

Todo puede ser objeto de experiencia por parte de la naturaleza humana o de cada hombre o mujer. Y, por tanto, existen innumerables maneras de clasificar las experiencias en función de los criterios ordenadores que se utilicen. Se puede hablar de experiencia social, religiosa, histórica, estética, moral, etcétera. Además, la experiencia se comprende también como la confirmación empírica de datos.

La distinción platónica entre mundo sensible e inteligible equivale, sin duda ninguna, a la división entre experiencia y razón. El idealismo de Platón y el racionalismo cartesiano son un ejemplo perfecto de la contraposición entre la verdad y la opinión. La experiencia para Platón es el ámbito de lo discutible, de lo cambiante. En cambio lo inteligible es lo inmutable, lo divino y lo auténticamente verdadero.

En Aristóteles se puede afirmar que la experiencia juega un papel fundamental en lo que al conocimiento se refiere. La actitud empirista y realista del estagirita es acorde con sus planteamientos científicos en muchos campos de sus investigaciones.

Y es evidente que la experiencia se sitúa en la base de todas las ciencias que realmente lo son. Las pseudociencias no se fundamentan en la experiencia real. Porque de lo singular o particular podemos llegar a lo universal. Es lo que se denomina inducción. Aristóteles insiste en lo decisivo de la práctica, especialmente, en el ámbito de la ética, de los buenos hábitos o costumbres. El término medio en las conductas que plantea el fundador del Liceo es una cuestión definible también por la experiencia y la observación de las personas equilibradas y prudentes. Y en política  aprender de la experiencia histórica  es también lo que lleva a la armonía y a la justicia.

En la Edad Media la experiencia se entendía como conocimiento de cosas en un sentido psicológico y también como aprehensión inmediata de procesos internos en una concepción de tipo científico. Para Bacon la experiencia es el punto de partida de todo conocimiento e insiste mucho en sus obras en esta cuestión. La tabla de presencias, ausencias y grados elaborada por Bacon pone de relieve la significación de la observación y de la experimentación en la ciencia y en la filosofía.

Desde la perspectiva de Kant lo que no está dentro del campo de la experiencia sensible es incognoscible. Fichte habla, por ejemplo, de que la experiencia nos conduce a través de la dialéctica  a la conciencia desde su idealismo. Otro gran filósofo idealista como Hegel nos dice que la experiencia no es más que el modo de darse el Ser a la conciencia. William James considera que la experiencia aparece como una relación entre cada ser humano y su entorno físico y social. También ha existido con filósofos como Schelling la denominada filosofía de la naturaleza. Es, en el fondo, una reflexión filosófica sobre la naturaleza.

La experiencia se puede analizar desde la gnoseología o epistemología y desde corrientes o movimientos filosóficos diversos. En el campo de la ética es claro que la experiencia de los valores se explicita en la axiología que ha sido cultivada por numerosos pensadores a lo largo de la Historia de la Filosofía.

También se ha criticado la metafísica desde un planteamiento empírico, aunque es cierto que el mismo Kant insiste en que la actitud metafísica es una disposición natural del hombre.

Según Gilson es evidente que existe una experiencia propia del filósofo, ya que interpreta y juzga la realidad desde su capacidad analítica y reflexiva y desde planteamientos propios característicos de la actitud interrogativa y crítica de la filosofía como saber de segundo grado.

Es cierto que existen filósofos que sitúan la experiencia filosófica dentro del ámbito de lo irracional. Desde la perspectiva de Heidegger la realidad es algo abierto y las cosas están en el mundo ahí para mí. Ante la nada filosofamos según el enfoque heideggeriano.

Ya decía Aristóteles que el fundamento de la experiencia filosófica está en la capacidad de admiración. Para Sartre la filosofía, entre otras cosas, es la toma de conciencia del carácter contingente del ser humano y de su condición de ser arrojado al mundo. Se puede afirmar que el comportamiento simbólico se basa en lo corpóreo, en lo material y en la experiencia y esto se afirma desde una fenomenología de la percepción como la de Merleau-Ponty.

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