Sabahudin Hadzialic, horizontes, deseos, preguntas… La poesía como medicina

Sabahudin Hadzialic, horizontes, deseos, preguntas…  La poesía como medicina

Por Gustavo Vega Mansilla

Con las absurdas heridas de la guerra en la mirada, su país herido y sembrado de tumbas, de pérdidas, de todas las pérdidas, o la distancia hecha sentimiento, y el sentimiento hecho palabra, Sabahudin Hadzialic sueña horizontes, deseos, preguntas…, crea poesía. En su poema Raro Sueño dice: “Trato de rescatar un pedazo de ti, / No obstante / Tú desapareciste más allá del horizonte”.  El horizonte como presencia y también como posibilidad. Y en A mis hijos expresa: “Tocaras los horizontes de la esperanza / Cuando / El deseo se transforma en opción…”.

Sueños hechos deseo. Deseos convertidos en sueños. Y siempre soñando, deseando soñar, pero con los ojos bien abiertos.  Hadzialic es consciente de que es necesario ser lúcido, tener los ojos abiertos, para hacer evolucionar la realidad, para liberarse de las limitaciones, de la tristeza, del momento presente. Lo que no está desposeído de riesgos y dificultados, tal y como nos deja ver en Podía Ser Mayor cuando expresa: “Mis sueños / Están todavía colgados / En la punta de la espada / ,,, / Enredados, atacados por la tristeza / Queriendo  / Cambiar toda la realidad”.

El viejo Epicuro habló de la filosofía en términos de tetrafármaco –Tetrapharmakos-, y lo hizo en verso. Era el tetrafármaco un antiguo remedio griego a base de cuatro sustancias que, mezcladas en forma de ungüento, se depositaba en las heridas abiertas de los que luchaban. De forma similar, para las heridas abiertas y sangrantes del alma –miedo a los dioses, miedo a la muerte…- el filósofo resumió el remedio en cuatro versos, cada uno de los cuales se correspondía con una idea para conseguir la felicidad. Pues bien, de qué otra forma pueden verse los versos de Sabahudin Hadzialic, o la poesía de cualquier otro autor, sino, como medicina. De hecho, con objetivos frecuentemente comunes y nacidas de una misma y profunda necesidad, las fronteras entre la filosofía y la poesía frecuentemente se diluyen. En ambas late una misma intención o necesidad, la cura del Dasein, del “Ser ahí”, del ser humano, de la que habla Heidegger en su obra  Ser y Tiempo – Sein und Zeit-. Y es así como vemos a Hadzialic “curarse” de sus ausencias, recoger la sangre que se escurre entre los huecos de sus deseos y añoranzas: “Yo soy / La reconciliación / De sus sueños / … / El lugar que tu quieres alcanzar / Es el lugar donde tus esperanzas se expanden / … / La esperanza es lo último por morir / … / si hay suerte”.

Es la poesía de Sabahudin Hadzialic una poesía reflexiva que mira la realidad cara a cara con la intención de transformarla, de re-inventarla. En su poema Diez Años Después enuncia que “La envidia y la mala suerte / Se alimentan / Trato de entender / Mis errores”. Sí, el poeta busca, reflexiona, trata de entender quizás para tansformar el mundo, la realidad, su “realidad”. Transformación alquímica que, al igual que hacían los medievales cuando intentaban transformar el tosco metal en oro, el poeta intenta, partiendo de una realidad deficiente e incluso cruel, lograr una realidad luminosa, destellante como el oro. Es una alquimia consistente en transformar la tristeza en recuerdo, en memoria, pero sobre todo en vida, en imágenes del futuro, en una lucha permanente –como un nuevo Quijote- por causas justas, y siempre con sus ojos críticos bien abiertos. Y siempre añorando un futuro que a veces se llama ayer, pasado.

En Las Huellas afirma Sabahudin Hadzialic: “Confundido por  / La realidad de hoy  /  Me retiro hacia el pasado / No era mejor la vida antes? / … En el recuerdo del pasado…  /  Las nubes se dispersan  /  Con rayos de la esperanza.  /  Bajo nuestros cielos”.  Sí, añoranza, y huida de un presente deficiente porque, como dice en el mismo poema, se siente en medio de un mundo, de esta llamada vida, en donde “El despertar / Está siempre manchado con sangre”. Añoranza y huída hacia un futuro que, recordando al poeta español Pedro Salinas en la Voz A Ti Debida, a veces se llama ayer, pasado: “¡Qué hundimiento del mundo! –escribió Salinas- / Andas, ando /  por entre escombros / … / El futuro /  se llama ayer. Ayer / oculto, secretísimo, / que se nos olvidó / y hay que reconquistar / con la sangre y el alma, / detrás de aquellos otros / ayeres conocidos”. Una idea que también encontramos en la obra del mexicano Octavio Paz cuando se refiere a la experiencia poética como una apertura a una dimensión temporal originaria. El poema -según Paz- abre la posibilidad de acceder al tiempo mítico del origen.

El ímpetu de ir hacia el futuro o hacia el pasado, huir del presente en definitiva, nace de la decepción del presente, es una forma de desasosiego íntimo. En No Tenemos Ninguna Esperanza Aquí, afirma Hadzialic o, si se prefiere, clama o grita: “Yo no quiero / Ser esclavizado”. Y, como los románticos de todos los tiempos, se refugia en los sueños, en la imaginación:   “Yo quiero  / Pasar el resto de mi vida / Soñando…”. La mente romántica comienza por un pesimismo personal que siempre se halla ligado al pesimismo sobre la situación social o política del país. Pesimismo sólo superable por la imaginación. Así, nuestro autor se pregunta o afirma -no queda claro y tampoco es necesaria tal claridad-: “Mientras muero se extingue mi gran deseo de esperanza / Pero es posible tener esperanza / Incluso viviendo en esta tierra perdida…”  Sí, deja ver en estos versos su dolor por la patria desgajada en la que nació, un territorio hecho añicos por una locura bélica que le hace decir en Quien Soy Yo queEn esta parte del mundo  /  La poesía está muriendo. /  Yo no quiero decir “en este país””. Afirmación que fácilmente puede transformarse en desilusión o, al menos, en duda tal como vemos en su poema Nunca Más: “La música de mi juventud / Suavemente / Gotea entre los agujeros /  De unas ilusiones precarias. / ¿Es esto /  El destino / Es sólo el espejismo / De unas esperanzas vacías?”.

Y, entre otras limitaciones del presente a las que se refiere el autor en diferentes poemas, hay algo tan tristemente humano como la envidia de los coetáneos. En Ruido (DE Unas Notas De Un Loco) nos habla de que “Ellos pueden perdonarte / Todas las cosas, / Menos el éxito”. Es la envidia, como todo el mundo sabe y ha experimentado alguna vez, un sentimiento consistente en desear algo poseído por otro u otros. Un sentimiento que daña la capacidad de gozar y que socava otros sentimientos como el amor, la ternura o la gratitud. La envidia suele ser uno de los factores desencadenantes de las frustraciones que llevan a la guerra entre vecinos, y entre pueblos fronterizos. Guerras desoladoras como las de Bosnia y Herzegovina que el autor sufrió.

Según Schiller el poeta utiliza, adapta o imita las formas y materiales de su época pero los trasmuta para realizar su propia obra como algo que es único. Con el fragor poético de su pluma procura sobrevivir al infortunio y deficiencias del presente, limitaciones personales y sociales, por ello en sus poemas late la lucha contra las distancias y el olvido, se mezclan poemas sociales con poemas de amor, reflexiones personales, es decir: voluntad de ser. Pero el poeta es consciente, como diría el poeta español Manuel Machado de que  “La vida son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir”. Así Sabahudin Hadzialic en Sabiduria nos deja una pincelada de, al mismo tiempo, anhelo y estoica sabiduría, toma consciencia de la realidad más primaria, la muerte: “Corriendo hacia / La salida / De mi persona narcisista. / … / Voy corriendo hacia / La entrada / De mi propia muerte / y…”

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