La muerte del flâneur

La muerte del flâneur

El sujeto histórico de la revolución industrial, dado por desaparecido por la llegada de la sociedad de consumo, fallece finalmente mucho tiempo después, de su momento de apogeo, cuando las plumas de Baudelaire y Benjamin, sobretodo, entronizaron al estereotipo del occidental, cómo el explorador diletante, el buscador callejero, el caminador en tren de esa verdad por fuera, asentada en los recovecos de lo externo. 

Así como el valor, no cotizaba exclusivamente en el patrimonio del trabajo, en el excedente de la transacción, el sistema exhibía con desparpajo e impudicia, que mientras más se acumulaba, diversificándolo en capitales simbólicos, más feliz se podría ser, independientemente sí tal sentimiento o sensación se correspondiese con lo que pudiese estar sintiendo, el afectado por tamaña felicidad. 

De la calidad pasamos a la cantidad. Vertiginosamente, y producto de tamaña aceleración, destruyendo la posibilidad de la duda, a tal altura, jactancia pretenciosa y pedante, de minorías disconformes con los repartos del mercado. 

El problema, emergió, cuando en sus paseos, el flâneur, descubrió que el postergado, que el pobre, que el marginado, que el excluido, no sólo que era tal, sino que, además, tampoco tenía la posibilidad (sí el derecho) de hacerlo manifiesto, de expresarlo y por ende de hacer palmariamente visible o realizable, su existencia reclamante. 

El paseante, el buscador, no se consumió en la sociedad de consumo, como lo dictaminó Walter Benjamín (tan determinante incluso para sí, cuando decidió matarse). Se arropó con la envestidura de representante de las causas de esos olvidados y marginados, a los que se cansó de ver y observar en su carácter taciturno. 

Al asumir el derecho no ejercido, tomó para sí, el flâneur, el rol de ser el portavoz de los reclamos silentes. Nació de esta manera, mejor dicho, se acendró la democracia representativa bajo los preceptos de la siempre literaria, como impracticable, declaración universal de los derechos humanos. 

Irrupción de pandemia mediante, en el paroxismo de los ritmos de la aceleración, la pausa, el paréntesis, la epojé imprevista, mató al paseador diletante, en su condición de sujeto histórico de las democracias occidentales.

El problema, el mundo, la cosa en sí, ya no está afuera. Está dentro, de nuestros cuerpos, de nuestros hogares donde debemos confinarnos para evitar el contacto con ese otro como significante amo que es lo externo. 

Dentro de cada uno de nosotros, habita, cuál espectro, en el síntoma de nuestras ausencias no reconocidas, no admitidas, la pobreza extensa de no haber comprendido que sujeto y predicado, son dos instancias, necesarias y determinantes, para el concepto de lo humano. 

Pensar nuestra condición desde la lógica del adentro y del afuera, es un canal posible, para dejar esa posición arrogante de creer que los que estamos adentro, es decir los que comimos para poder pensar, podemos tener la integridad como para pensar o representar a quiénes no lo pueden hacer, estableciendo aquella falacia de los de arriba y los de abajo.

Entendiendo en definitiva, que ya lo hemos visto todo y que fuera, en el excedente de lo humano, incluso desde perspectivas telemáticas, a distancia o virtuales, sólo nos encontraremos con los excesos, de los pocos, que seguimos por dentro del significante de lo humano, como el ser privilegiado, con la posibilidad y la aplicabilidad de tener una vida digna a expensas de la indignidad de los demás.

Redefinirnos como sujetos, desde la noción del adentro, es la conjetura, que infatigablemente, ofrecemos, mediante nuestra metodología de la “inseminación”.

Es dable destacar, por no decir, imprescindible, que comprendamos o que seamos permeables a pensar, que las crisis que enfrentamos no son exclusivamente atribuibles a cuestiones económicas, financieras, sanitarias o incluso sociales o políticas. Enfrentamos un problema de índole filosófico. 

El sujeto histórico debe dejar de ser el individuo, para conveniencia de tal y para regenerar el concepto de lo colectivo. El sujeto histórico de nuestras democracias actuales debe ser la condición en la que este sumido el individuo. Independientemente de que estemos o no de acuerdo, desde hace un tiempo que el consumo (al punto de que ciertos intelectuales, definan al hombre actual como “El Homo Consumus”) y su marca, o registro, es la medida del hombre actual, como de su posicionamiento o razón de ser ante la sociedad en la que se desarrolla o habita. Somos lo que tenemos, lo que hemos logrado acumular, y no somos, mediante lo que nos falta, en esa voracidad teleológica o matemática de contar, todo, desde nuestro tiempo, a nuestra infelicidad. Arriesgaremos el concepto de una existencia estadística, en donde desde lo que percibimos, de acuerdo al tiempo que trabajamos, pasando por lo que dormimos, o invertimos para distraernos, hasta los números en una nota académica, en un acto deportivo, en una navegación por una red social para contar la cantidad de personas que expresan su satisfacción por lo exteriorizado, todo es número. Nos hemos transformado, en lo que desde el séptimo arte se nos venía advirtiendo desde hace tiempo en sus producciones de ficción. Somos un número, gozoso y pletórico de serlo. El resultado final de lo más simbólico de la democracia actual, también es un número (el que obtiene la mayoría de votos) sin que esto tenga que ser lo medular o lo radicalmente importante de lo democrático.

Probablemente, estemos concibiendo un nuevo sujeto histórico. Ante el reconocimiento de la muerte, de nuestro paradigma que debemos velar y duelar , no es poco, en tiempos de restricciones, que dentro de cada uno de nosotros, este anidando como posibilidad, como latencia, en potencia, la pulsión de vida que nos puede hacer parir, alumbrar, entre tanta oscuridad un nuevo amanecer para el horizonte de nuestra concepción de lo humano.

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